Pierde la cabeza con "Malacopa"

¿Eres tú, o el otro?

por Demian Zavoznick | hace 3 semanas

Debería medirme más y evitar los pretextos que amo para excederme. Creo que cada nación respira gracias a su cultura, creencias y ritos —temas que no tienen fin—, ideas que uso para hacerme el tonto sobre mis defectos pero también para evadir mis posibilidades. Ahora habrá quien me crea muy intenso por estas líneas. Bienvenidos al club, pero calma, que estamos chupando tranquilos…

La combinación de mi herencia, afición a la fiesta y montones de errores cometidos hacen que seguido desee escapar y olvidar las consecuencias de mi torpeza. Para ello recurro a rituales como los brindis con compañeros, amigos o incluso conmigo mismo (y a escondidas, un rasgo clave para, con otras situaciones, determinar grados de alcoholismo).

No obstante, el escape pocas veces es positivo y es aconsejable medirse si se toma alcohol, bebida que supuestamente ha jugado un papel central en casi todas las culturas humanas desde el Neolítico. Hay quienes se preguntan si alguna vez ofreció beneficios adaptativos, aunque su práctica obviamente no es beneficiosa sino, como hemos comprobado, todo lo contrario. Además existe una enorme variación cultural en la forma como las personas se comportan cuando beben: hay violentos y antisociales o pacíficos y armoniosos. Parece que las creencias culturales, normas y expectativas influyen en las conductas alteradas por la sustancia, el eje de varias películas que exploran este fenómeno, ya sean dramas o comedias que nos hacen divertirnos y reflexionar, como Malacopa.

A pesar de que el alcohol provoca muchos, muchos problemas, el consumo moderado puede ser un lubricante social para romper el hielo, ir por más o, bueno, ya lo mencioné, evadir. Quizá sea una mezcla que nos ayude a reírnos de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Pero generalmente no resuelve nada excepto la posibilidad de caer en los vacíos personales y asumir los grandes costos que ofrecen éstas y otras salidas fáciles. Pensaba en esto tras disfrutar la comedia Malacopa, la última película de Armando Casas (Un mundo raro, Familia Gang). Esta cinta reformula a Dr. Jekyll y Mr. Hyde (y a los héroes —o antihéroes— y su exploración de la identidad) en un entorno casual, con una estructura de farsa y parodia a las relaciones humanas.

La película narra las situaciones/aventuras de Mateo Pino (Luis Arrieta), un joven arquitecto que trabaja en un despacho con su amigo David (Héctor Kostifakis) y esa típica gama de compañeros que, la verdad, uno no elige. Mateo es tímido y su personalidad ha sido marcada por el fuerte carácter de su padre, Ernesto Pino (el regreso a la actuación del octogenario Alfonso Arau). A pesar de lo castrante que fue el pasado y lo imponente de su padre, Mateo es un arquitecto joven, sensible y brillante, que se desenvuelve en el área que gestiona, apoya en proyectos cruciales y se encarga de los pitches con posibles inversionistas. La bronca es que tiene problemas de comportamiento social, a diferencia de su padre, que era parrandero, siempre adepto a un buen brindis y seductor de mujeres. De manera opuesta Mateo es extremadamente tímido hasta que un día no puede sobrellevar estos rasgos y, mal aconsejado por su propia timidez y herencia, desentierra su faceta más extrovertida y segura. Cuando la presidenta del despacho e hija del dueño le pide encabezar la presentación del proyecto más importante con unos posibles clientes internacionales, Mateo se llena de ansiedad y decide perder la vergüenza con la ayuda de su arma secreta: una anforita mágica de su padre. Bebe el elíxir, una inusual pócima druida de Ásterix y Óbelix, que le da vida a otro él: una suerte de Tyler Durden de Fight Club, a sus ojos dizque galante y aventado, pero en realidad mirrey, altanero, gandalla, exagerado, patán, egoísta e impertinente. En el nombre lleva la penitencia, es Malacopa (Luis Ernesto Franco).

Contra todo pronóstico, Mateo logra “echarse valor” y esta primera interacción con Malacopa es una chiripa que promete éxito pero solo retrasa el desastre. Para que la ventura se vuelva malacopa solo es asunto de tiempo, de muy poco tiempo… De esta manera Armando Casas elabora un original retrato de dos personalidades complementarias y que interactúan como perros y gatos, hasta que triunfan las dependencias, las crudas, las culpas, los errores y los cada vez más magros logros de Mateo. Él pelea pero ya está derrotado y siempre pierde el control ante Malacopa, ante sí mismo. El resultado merma su talento, trabajo, respeto, amistades y personalidad, mientras desciende en una espiral de miedo pero dicharachera. Peor aún, se suman nuevos problemas profesionales, de inseguridad además de amorosos. Es demasiado sino es que suficiente para que un Malacopa con aires del Hulk que arrasa con Bruce Banner, no solo sea el némesis de Mateo, sino que surja como su personalidad más habitual.

Esto se presenta con algunas preocupaciones cistas en otros productos comerciales orientados a la clase media: la actividad laboral, la responsabilidad y temor a la vida adulta, el amor/desamor, el activismo, la identidad, las expectativas, los escapes etc. Casas los entreteje con dosis de incorrección pero acierta al plasmar un humor de enredos y situacional sin juicios morales. La labor actoral de Luis Arrieta y Luis Ernesto Franco sobresale por las mímesis que hacen y los contrastes entre un personaje extrovertido, alegre y alma de la fiesta con otro más preocupón y con quien muchos podemos identificarnos. Mateo exhibe el rol de las carencias condicionadas y cómo detonan las adicciones y alienación, pero también lo ignorante que es de su gran potencial mientras lidia con las consecuencias de sus hechos, en una mirada diferente sobre lo que es estar “en la botella”.

Más allá de las bromas, el personaje va perdiendo toda razón de ser y descubre que los supuestos rasgos atractivos y cautivadores de Malacopa son solo una ilusión. La farsa es subrayada cuando Malacopa aleja a Mateo del triunfo y lo arroja a una progresión de alcoholismo que desmenuza los mitos de los excesos, de la convivencia social y cómo la falta de inhibiciones revela una versión extrema de uno mismo y de lo que reprimimos. Aun así Mateo es esencialmente Malacopa pero no solo para sentir culpas. La aparición ofrece la oportunidad de aceptar que los problemas rutinarios, los líos amorosos y la inseguridad son más llevaderas no con las peores crudas físicas y morales, sino con un reconocimiento consciente de nuestras facetas e identidad.

Al final el director Armando Casas y su equipo presentan un producto inscrito en los ejemplos recientes de cine de consumo nacional pero que no edulcora la narrativa ni los gags, aunque tampoco profundiza en lo escabroso de los temas mostrados. Por supuesto que no aconseja beber sino que baraja temas y rasgos de nuestro temperamento con los sueños y preocupaciones de las nuevas generaciones de jóvenes, llenas deaspiraciones y temores, pero con el potencial de vivir en plenitud y sonrientes, de aceptar a sus ángeles y sus demonios sin necesidad de huir.